De traiciones, tampones y demás cosas que te tocan los coj****

Durante mis 19 años de vida, he tenido tiempo para experimentar la traición. La traición menor, como cuando estás comiendo una merluza en salsa verde exquisita y en mitad del bocado más delicioso una espina te desgarra dos quintas partes del recubrimiento lingual. Lamentablemente -y como es de esperar-, mis prácticas forzosas en el campo de la vileza con nocturnidad y alevosía no se quedan en estos pequeños chascarrillos de pescadería:   también he sufrido la traición mayor, la Traición con mayúsculas, en negrita, subrayado y cursiva. Sí, esa que te sacude por dentro cuando tu mejor amiga desde que teníais tres años decide cantar en el karaoke vuestra canción con su inseparable compañera de la universidad. En esta categoría de traiciones terribles y cuasi-imperdonables, la más cruel y brutal de todas ellas, la queen bee de todo tipo de traición, no es otra que (ATENCIÓN, SORPRESA) la aparición de una mancha roja y viscosa que protagoniza inesperadamente los forros interiores de bragas, tangas y demás tejidos propios de lo que he tenido a bien bautizar como «la almeja barbuda».

Efectivamente, me refiero al suicidio mensual al que se somete el endometrio (es decir, la mucosa que recubre el interior del útero – porque, sí, amigos, aquí también cumplimos con nuestra cuota didáctica -) siempre y cuando reúnas unas simples condiciones tales que cuentes con un útero sano, no estés menopáusica perdida o no seas una bicicleta (creo). Esta traición es tan estremecedora más que nada porque es tu propio útero el que conspira en tu perjuicio, cual Judas Iscariote. Da igual lo mucho que te esfuerces por llevar un diario con tus días del mes, dan igual los paquetes de compresas que guardas en la taquilla del trabajo, da igual la app que te alerta del comienzo de tu ciclo con un conejillo anfetamínico correteando por la pantalla del smartphone.

Y es que la regla que te baja de improvisto es simple y llanamente lo peor de lo peor porque los datos estadísticos, corroborables en el 99,999% de las ocasiones, han demostrado que las circunstancias idóneas para su irrupción son las siguientes:

  • Estás en la playa
  • Estás en la piscina
  • Llevas pantalón blanco
  • Te es del todo imposible conseguir compresas, tampones, o cualquier otro producto de higiene femenina
  • Absolutamente nadie en el Universo tiene pañuelos de papel en ese momento

La comunidad científica asegura no tener constancia de que el período no haya hecho acto de presencia ante la expectativa de un viaje o excursión por parte de la afectada. Se trata de un proceso conocido en la jerga médica como “sincronización menstrual tocapelotas”, el popularmente llamado “procedo a defecarme en mi ramera existencia, por qué siempre a mí”.

Pues porque todo el mundo sabe que a la Madre Naturaleza le va el gore y expulsar purpurina no queda tan dramático. Porque que una taladradora hidráulica te perfore los riñones es algo con lo que tendremos que lidiar. Porque el ibuprofeno y la manzanilla serán nuestros amigos hasta que se invente la anestesia útero-pélvica en pastillitas sabor lima-limón. Porque reprimir los estornudos para evitar inundaciones escarlatas en la entrepierna es un pasatiempo bastante resultón. Y porque, al menos podemos consolarnos con que queden 28 días hasta la siguiente conjura.

Texto y fotografía. Sandra Viciana
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