Desde París a Barcelona o viceversa

Sobrevolando barna

Escribo desde París, que bonito y que pretenciosos suena eso, pero no por ello es menos verdad. Ya es la segunda vez que cambio de ciudad y no puedo evitar hacer comparaciones. Esa ciudad se llama Barcelona, y de verdad que no tiene nada que envidiarle.

No sé qué tenía la capital catalana que siempre me hizo sentir como en casa, una mezcla entre lo desconocido y lo familiar que no te desprecia pero que consigue fascinarte al mismo tiempo. Calles estrechas por las que podías perderte y creerte un auténtico barcelonés y grandes avenidas con las que fundirte entre la multitud.

París sin embargo es una ciudad “mitológica”. Todo el mundo quiere ir a la Ciudad de las Luces, enamorarse delante de la Torre Eiffel y pasear por los Campos Elíseos. Pero una vez que ya no eres turista te das cuenta de que eso no es París, estar rodeado de extranjeros con zapatillas de deporte y gorras no puede ser París, me niego. Hay que buscar debajo de esa primera capa de ideas preconcebidas de romanticismo occidental. Recuerdo que cuando volví a la Torre Eiffel lo primero que vi fue una gran explanada de gente haciéndose fotos y comprando miniaturas de plástico del monumento. Me pareció un mundo completamente distinto, lo sentí como una gran falacia, la gran mentira del turista. Son dos ciudades diferentes en una. Para que me entendáis: puedes ver la Torre Eiffel desde una azotea o ver París desde la Torre Eiffel.

En Barcelona siempre me sentí a gusto. Cada barrio posee identidad propia, su esencia inconfundible pero que a la vez encaja perfectamente en un conjunto ecléctico. Allí el monumento a Colón aparece de repente entre los edificios, sin expectativas, formando parte de la misma ciudad que Montjuic y el barrio Gótico. Se puede decir que Barcelona tiene un lugar para cada estado de ánimo, pero que es imposible sentirse completamente triste allí ya que en el peor de los casos te sientes comprendido.

En París eres tú el que se tiene que adaptar a la ciudad, siempre triste y fría. Tiene personalidad más allá de una estructura metálica, eso os lo aseguro, otra asunto es que te guste. Yo no puedo evitar fijarme en los grandes ventanales de las casas, hechos casi exclusivamente para ver resbalar las gotas de lluvia. Una ciudad aislada que disfruta de su melancolía, como todo habitante en ella. Grandes calles, grandes casas, mucha gente y todos aislados, no tiene por qué ser malo, solo depende de la persona. Imagino que si la llaman la ciudad del amor en parte es por la fama de románticos de los franceses y en realidad porque cuando encuentras a alguien con quien vivir tu aislamiento debe ser el mejor lugar que existe.

Y luego está el cielo. El mismo en todo el mundo y tan distinto en cada ventana. El cielo de Barcelona tiene un atardecer hipnótico, para vivir callado. Además con un tiempo siempre cálido que parece que está esperando a que llegue ese momento del día. Entonces empieza a refrescar. Tú sigues hipnotizado.

En París la magia llega de noche. El que diga que el cielo solo es bonito si se ven las estrellas es que no entiende lo la oscuridad transmite. Desde mi habitación en la azotea, me siento en la ventana y veo los tejados de las casas cercanas, es como unir lo etéreo con lo físico. Después del atardecer, cuando ya apenas se perciben las líneas, un fulgor anaranjado nace del horizonte como un segundo crepúsculo permanente. A veces más débil, a veces más intenso. Imposible decir si es un efecto de luz natural o el esfuerzo humano por no sucumbir a los expresos deseos de la naturaleza. Supongo que por eso lo llaman la Ciudad de las Luces, porque está siempre viva.

A grandes rasgos, Barcelona es una ciudad para ser vivida, puede ser lo que tú quieras que sea. París hay que comprenderla, pero lo mejor de ella es que no tienes por qué haber nacido allí para sentirte como en casa.

Mis pensamientos sobre estas ciudades van más allá de lo físico. Los espacios donde vivimos los hacemos siempre un poco nuestros, por eso puede que no compartáis mi opinión y quizá lo que yo escribo aquí diga más de mí que de esos lugares.

Texto e imagen por Clara Raposo.
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